THE WHITE HOUSE
Oficina del Secretario de Prensa

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25 de septiembre de 2012

DISCURSO DEL PRESIDENTE
ANTE ASAMBLEA GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS

Sede de las Naciones Unidas
Nueva York, Nueva York

10:22 de la mañana

EL PRESIDENTE: Señor presidente, señor secretario general, colegas delegados, damas y caballeros. Me gustaría comenzar hoy hablándoles acerca de un estadounidense llamado Chris Stevens.

Chris nació en Grass Valley, un pueblo de California, hijo de un abogado y de una música. De joven Chris se integró al Cuerpo de Paz y enseñó inglés en Marruecos. Llegó a amar y respetar a los pueblos del norte de África y Oriente Medio, y cumplió con ese compromiso durante toda su vida. En sus cargos como diplomático trabajó desde Egipto a Siria, de Arabia Saudita a Libia. Era conocido porque caminaba por las calles de la ciudad donde trabajaba, probando la comida local, hablando con cuánta gente podía, conversando en árabe y escuchando con una sonrisa de oreja a oreja.

Chris viajó a Bengasi en los primeros días de la revolución de Libia, llegando allí en un buque de carga. Como representante de Estados Unidos ayudó al pueblo libio a encarar un conflicto violento, atendió a los heridos y elaboró una visión de futuro en la que los derechos de todos los libios se respetasen. Después de la revolución, apoyó el nacimiento de una nueva democracia, cuando los libios celebraron elecciones y establecieron nuevas instituciones, y comenzaron a avanzar hacia el futuro tras décadas de dictadura.

Chris Stevens amaba su trabajo. Se sentía orgulloso del país al que servía y podía ver la dignidad en la gente que conoció. Hace dos semanas viajó a Bengasi para examinar los planes para establecer un nuevo centro cultural y modernizar un hospital. Ese fue el momento en que la legación estadounidense fue atacada. Junto con tres de sus colegas Chris fue asesinado en la ciudad que ayudó a salvar. Tenía 52 años.

Les cuento este relato porque Chris Stevens representaba lo mejor de Estados Unidos. Al igual que sus colegas del Servicio Exterior, tendía puentes entre océanos y culturas, y estaba profundamente involucrado con la cooperación internacional que practica las Naciones Unidas. Actuó con humildad, pero también defendió firmemente una serie de principios, la convicción de que las personas han de ser libres para determinar su propio destino, y vivir con libertad, dignidad, justicia y oportunidad.

Los ataques contra los civiles en Bengasi fueron ataques contra Estados Unidos. Estamos agradecidos por la ayuda que recibimos del gobierno libio y el pueblo libio. No debe quedar duda alguna de que seremos implacables en nuestra búsqueda de los asesinos y en exigir que rindan cuentas ante la justicia. También agradezco el hecho de que, en días recientes, los líderes de otros países de la región, entre ellos Egipto, Túnez y Yemen, hayan tomado medidas para proteger nuestras instalaciones diplomáticas, al hacer un llamado en favor de la calma. Y así lo han hecho también autoridades religiosas de todo el mundo.

Pero han de entender que los ataques de las últimas dos semanas no son simplemente un ataque contra Estados Unidos. Son también son un ataque contra los mismísimos ideales sobre los que se fundó Naciones Unidas: la idea de que los pueblos pueden resolver sus diferencias de manera pacífica, de que la diplomacia puede ocupar el lugar de la guerra, y de que en un mundo interdependiente, a todos nos interesa trabajar a favor de mayores oportunidades y seguridad para nuestros ciudadanos.

Si somos serios en la defensa de estos ideales, no es suficiente con poner más guardias ante las embajadas o con publicar declaraciones de lamento y esperar a que el odio pase. Si somos serios en la defensa de estos ideales, tenemos que hablar claramente sobre las causas profundas de la crisis, porque nos enfrentamos a una elección entre las fuerzas que nos dividen y las esperanzas que tenemos en común.

Hoy debemos reiterar que nuestro futuro será determinado por gente como Chris Stevens y no por sus asesinos. Hoy debemos declarar que esta violencia e intolerancia no tiene lugar en nuestras Naciones Unidas.

Han pasado menos de dos años desde que un vendedor en Túnez se inmolara en protesta contra la opresiva corrupción en su país, lo que desató lo que vino en llamarse la Primavera Árabe. Desde entonces, el mundo ha estado cautivado por la transformación que ha tenido lugar, y Estados Unidos ha apoyado las fuerzas del cambio.

Nos inspiraron las protestas tunecinas que derrocaron a un dictador, porque distinguimos nuestras propias convicciones en las aspiraciones de los hombres y mujeres que salieron a las calles.

Insistimos con el cambio en Egipto, porque nuestro apoyo a la democracia no puso en última instancia del lado del pueblo.

Hemos apoyado la transición del liderazgo en Yemen, porque los intereses de ese pueblo no estaban siendo atendidos por el statu quo corrupto.

Intervinimos en Libia junto a una amplia coalición y con el mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, porque teníamos la capacidad de frenar la matanza de inocentes y porque consideramos que las aspiraciones de un pueblo eran más poderosas que las de un tirano.

Y estando hoy aquí reunidos declaramos nuevamente que el régimen de Bashar al Assad debe llegar a su fin, para que se acabe el sufrimiento del pueblo sirio y comience un nuevo amanecer.

Hemos tomado estas posturas porque creemos que la libertad y la autodeterminación no son únicas en nuestra cultura. No se trata simplemente de valores estadounidenses o valores occidentales, sino de valores universales. Y a pesar de que habrá enormes desafíos con la transición a la democracia, estoy convencido de que al final el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo tiene más posibilidades de lograr la estabilidad, la prosperidad y la oportunidad individual, que son los cimientos de la paz en el mundo.

Recordemos que esta es una época de progresos. Por primera vez en décadas, tunecinos, egipcios y libios votaron para tener nuevos líderes en elecciones que fueron creíbles, competidas y justas. Este espíritu democrático no se ha limitado al mundo árabe. En el último año, hemos visto transiciones pacíficas del poder en Malawi y Senegal, y un nuevo presidente en Somalia. En Birmania un presidente ha excarcelado a los presos políticos y ha abierto una sociedad cerrada, una valiente disidente ha sido elegida al Parlamento y el pueblo aguarda más reformas. En todo el mundo los pueblos están haciendo escuchar su voz, insistiendo en favor de su dignidad innata y por el derecho de determinar su futuro.

A pesar de ello, los disturbios de las últimas semanas nos recuerdan que el camino a la democracia no concluye con la emisión del voto. Nelson Mandela dijo una vez que “ser libre no es solamente librarse de las cadenas, sino vivir de una manera que respete y mejore la libertad de los demás”. (Aplausos.)

La verdadera democracia exige que al ciudadano no se le pueda encerrar en la cárcel por sus creencias y que se pueda abrir un negocio sin tener que pagar una coima. Depende de la libertad de los ciudadanos para decir lo que piensan y reunirse sin temor, y depende del estado de derecho y los debidos procedimientos legales que garanticen los derechos de todas las personas.

Dicho de otra manera, la verdadera democracia, la verdadera libertad, es una tarea difícil. Quienes están en el poder tienen que resistir la tentación de tomar medidas contra los disidentes. En tiempos de dificultad económica los países pueden estar tentados de aunar a la gente en torno a enemigos percibidos, en el país o en el extranjero, en lugar de enfocarse en la dolorosa tarea de las reformas.

Es más, siempre habrá quienes rechacen el progreso humano: dictadores que se aferran al poder, intereses corruptos que dependen del statu quo y extremistas que atizan las llamas del odio y la división. Desde Irlanda del Norte hasta el sur del Asia, desde África hasta las Américas, desde los Balcanes hasta la cuenca del Pacífico, hemos sido testigos de las convulsiones que acompañan a las transiciones hacia un nuevo orden político.

A veces los conflictos emanan de las fallidas divisiones de raza o tribu; y con frecuencia surgen a partir de las dificultades en reconciliar la tradición y la fe con la diversidad e interdependencia en el mundo moderno. En cada país hay quienes consideran como una amenaza a las diferentes creencias religiosas; en cada cultura los que quieren la libertad para sí mismos tienen que preguntarse hasta qué punto están dispuestos a tolerar la libertad de otros.

Eso es lo que hemos vimos durante las dos últimas semanas, cuando un crudo y desagradable vídeo provocó el ultraje en el mundo musulmán. Ahora bien, he dejado bien sentado que el gobierno de Estados Unidos no tuvo nada que ver con ese video y creo que su mensaje ha de ser rechazado por todos los que respetan nuestra común humanidad. Es un insulto no solo a los musulmanes, sino también a Estados Unidos, porque como bien muestra la ciudad que está más allá de estas paredes somos un país que ha recibido bien a gente de todas las razas y credos. Aquí viven musulmanes que practican su religión en todo el país. No solo respetamos la libertad de religión, sino que también tenemos leyes que protegen a las personas de ser lastimadas por el aspecto que tienen o por sus convicciones. Comprendemos por qué la gente se ofendió con este vídeo, puesto que millones de nuestros ciudadanos se encuentran entre ellos.

Sé que hay quienes se preguntan por qué no prohibimos un vídeo como ese. La respuesta está consagrada en nuestras leyes: nuestra Constitución protege el derecho a la libre expresión.

Aquí en Estados Unidos hay innumerables publicaciones que son ofensivas. Como yo, la mayoría de los estadounidenses son cristianos, pero no por ello prohibimos la blasfemia contra nuestras creencias más sagradas. Como presidente de nuestro país y comandante en jefe de nuestras fuerzas armadas acepto que la gente me pueda decir cosas horribles todos los días ―risas― y siempre defenderé su derecho a hacerlo. (Aplausos.)

Los estadounidenses han combatido y muerto en todo el mundo para proteger el derecho de los pueblos a expresar sus opiniones, incluso opiniones con las cuales estamos en profundo desacuerdo. Lo hacemos no porque apoyemos el discurso de odio, sino porque nuestros Fundadores entendieron que, sin esas protecciones, la capacidad de cada individuo para expresar sus propias opiniones y de practicar su propia fe, se vería amenazada. Lo hacemos porque en una sociedad pluralista la restricción de la expresión pueden convertirse rápidamente en una herramienta para hacer callar a los detractores y oprimir a las minorías.

Lo hacemos porque, dada la fuerza de la fe en nuestras vidas y la pasión que las diferencias religiosas pueden inflamar, el arma más poderosa contra el discurso de odio no es la represión, sino aún más expresión de las voces de la tolerancia que se juntan contra la intolerancia y la blasfemia, y que elevan los valores de la comprensión y el respeto mutuo.

Ahora bien, entiendo que no todos los países de este organismo comparten esta particular interpretación sobre la protección de la libre expresión. Lo reconocemos. Pero en el 2012, cuando cualquier persona con un teléfono celular puede difundir opiniones ofensivas por todo el mundo con solo apretar un botón, la idea de que podemos controlar el flujo de la información es obsoleta. Entonces, la cuestión es ¿cómo respondemos?

Y en esto debemos ponernos todos de acuerdo, porque no hay ningún discurso que justifique la violencia sin sentido. (Aplausos). No hay palabras que justifiquen el asesinato de inocentes. No hay ningún vídeo que justifique el ataque a una embajada. No hay ninguna calumnia que sirva de excusa para que la gente queme un restaurante en el Líbano o destruya una escuela en Túnez o cause la muerte y destrucción en Paquistán.

En este mundo moderno con tecnologías modernas, responder de semejante manera al discurso de odio faculta a cualquier persona que participe en dicho discurso a propagar el caos por el mundo. Si respondemos así, facultamos a los peores de nosotros.

Más ampliamente, los acontecimientos de las dos últimas semanas también revelan la necesidad que todos tenemos de abordar sin tapujos las tensiones entre Occidente y el mundo árabe que se dirige hacia la democracia.

Pero que quede claro: Así como no podemos resolver todos los problemas del mundo, Estados Unidos no desea dictar el resultado de las transiciones democráticas en el extranjero, ni lo ha hecho. No esperamos que otros países estén de acuerdo con nosotros en todos los temas, ni tampoco asumimos que la violencia de las últimas semanas o los discursos llenos de odio de algunos individuos representen las opiniones de la abrumadora mayoría de los musulmanes, de la misma manera en que las opiniones de la gente que realizó este vídeo no representan las de los estadounidenses. Sin embargo, sí que estoy convencido de que es obligación de todos los líderes, en todos los países, hablar alto y claro contra la violencia y el extremismo. (Aplausos.)

Es momento de marginar a quienes, aun cuando no recurran directamente a la violencia, utilizan el odio contra Estados Unidos, o contra Occidente, o contra Israel, como principio rector fundamental de la política. Puesto que eso solamente encubre, y a veces sirve de excusa, para quienes recurren a la violencia.

Esa clase de política, que enfrenta a Oriente contra Occidente, Sur contra Norte, musulmanes contra cristianos e hindúes contra judíos, no puede cumplir con las promesas de la libertad. A la juventud solo le ofrece falsas esperanzas. Quemar una bandera de Estados Unidos no sirve de nada para educar a un niño. Destrozar un restaurante no llena los estómagos vacíos. Atacar una embajada no va a crear ni un solo puesto de trabajo. Esa clase de política solamente dificulta lograr que lo debemos hacer juntos: educar a nuestros hijos y crear las oportunidades que se merecen; proteger los derechos humanos y ampliar las promesas de la democracia.

Sepan que Estados Unidos nunca se retirará del mundo. Llevaremos ante la justicia a aquellos que hagan daño a nuestros ciudadanos y a nuestros amigos, y apoyaremos a nuestros aliados. Estamos dispuestos a colaborar con países para profundizar los lazos del comercio y la inversión, la ciencia y la tecnología, la energía y el desarrollo, todos los esfuerzos que puedan impulsar el crecimiento económico para todos nuestros pueblos y estabilizar los cambios democráticos.

Sin embargo, semejantes esfuerzos dependen de un espíritu de interés y respeto mutuos. Ningún gobierno o empresa, ninguna escuela u ONG tendrá confianza para trabajar en un país donde su gente corre peligro. Para que las alianzas sean eficaces, nuestros ciudadanos deben estar protegidos y nuestros esfuerzos ser bienvenidos.

Una política que se base nada más en la ira, que se base en dividir al mundo entre “nosotros” y “ellos” no solo hace retroceder la cooperación internacional, sino que en última instancia socava a aquellos que la toleran. Todos tenemos interés en plantarnos ante estas fuerzas.

Recordemos que los musulmanes son los que más han sufrido a manos del extremismo. El mismo día que nuestros civiles fueron muertos en Bengasi, un oficial de policía turco fue asesinado en Estambul tan solo días antes de su boda; más de diez yemeníes murieron en una explosión de coche bomba en Saná, y varios padres afganos lloraban la muerte de sus hijos que habían perecido solo días antes por un suicida que explotó una bomba en Kabul.

El impulso hacia la intolerancia y la violencia puede que inicialmente estuvieran dirigidos a Occidente, pero con el tiempo no podrá contenerse. Los mismos impulsos hacia el extremismo se emplean para justificar la guerra entre sunitas y chiítas, entre tribus y clanes. Eso lleva no a la fortaleza y la prosperidad, sino al caos. En menos de dos años, hemos visto en su mayoría manifestaciones pacíficas que han logrado más cambios en países de mayoría musulmana que en una década de violencia. Los extremistas entienden esto, y puesto que no tienen nada que ofrecer para mejorar la vida de la gente, la violencia es la única manera que tienen de continuar siendo relevantes. No construyen, solamente destruyen.

Es hora de dejar atrás el grito de la violencia y las políticas de la división. En muchísimos asuntos, afrontamos la opción de escoger entre la promesa del futuro o las prisiones del pasado. Y no podemos permitirnos elegir mal. Debemos aprovechar este momento. Estados Unidos está listo para trabajar con aquellos que estén dispuestos a acoger un futuro mejor.

El futuro no debe pertenecer a aquellos que tienen como objetivo a los cristianos coptos de Egipto, sino que deberían reclamarlo los que estaban en la plaza Tahrir cantando “musulmanes y cristianos somos uno”. El futuro no debe pertenecer a aquellos que acosan a las mujeres, sino que lo deben formar las muchachas que asisten a la escuela y aquellos que defienden un mundo en el que nuestras hijas pueden alcanzar sus sueños al igual que nuestros hijos. (Aplauso).

El futuro no debe pertenecer a aquellos pocos corruptos que roban los recursos de un país, sino que deben ganarlo los estudiantes y los empresarios, los trabajadores y dueños de negocios que pretenden lograr una mayor prosperidad para todos. Esos son los hombres y mujeres que Estados Unidos defiende, su visión es la que visión que nosotros apoyamos.

El futuro no debe pertenecer a aquellos que lanzan calumnias contra el profeta del Islam, pero para tener credibilidad aquellos que condenan tales calumnias también deben condenar el odio que vemos cuando las imágenes de Jesucristo son profanadas, o cuando se destruyen iglesias o se niega la existencia del Holocausto. (Aplausos).

Condenemos la incitación contra los musulmanes sufíes o los peregrinos chiítas. Es hora de prestar atención a las palabras de Gandhi: “La intolerancia es en sí misma una forma de violencia y un obstáculo al crecimiento de un espíritu verdaderamente democrático”. (Aplausos.) Juntos, debemos tratar de lograr un mundo en el que nos veamos fortalecidos por nuestras diferencias y no definidos por ellas. Esto es lo que Estados Unidos acoge y es la visión que apoyaremos.

Entre israelíes y palestinos, el futuro no debe pertenecer a aquellos que dan la espalda a las posibilidades de paz. Dejemos atrás a aquellos que disfrutan del conflicto, aquellos que rechazan el derecho de Israel a existir. El camino es duro, pero el destino está claro: un estado judío de Israel seguro y una Palestina independiente y próspera. (Aplausos). Con el conocimiento de que tal paz debe producirse por medio de un acuerdo entre las partes, Estados Unidos caminara en ese rumbo junto con todos aquellos que estén preparados para hacer ese trayecto.

En Siria, el futuro no debe pertenecer a un dictador que masacra a su pueblo. Si hay una causa en el mundo que exija que gritemos en protesta, en protesta pacífica, es que haya un régimen que torture niños y dispare cohetes contra edificios de apartamentos. Debemos continuar participando para asegurarnos que lo que empezó con los ciudadanos exigiendo sus derechos no termine en un ciclo de violencia sectaria.

Juntos debemos estar del lado de los sirios que creen en una visión diferente: una Siria unida y e inclusiva, donde los niños no tengan que temer a su propio gobierno y donde todos los sirios tengan voz en cómo se les gobierna, ya sean sunitas, alauitas, kurdos o cristianos. Esto es lo que Estados Unidos defiende. Ese es el resultado por el que trabajaremos, con sanciones y consecuencias para aquellos que emprendan persecuciones, y con asistencia y apoyo para aquellos que trabajan por este bien común. Puesto que creemos que los sirios que acogen esta visión tendrán la fortaleza y la legitimidad para ser líderes.

En Irán, vemos adonde lleva el camino de una ideología violenta y sin rendición de cuentas. El pueblo iraní tiene una distinguida y antigua historia, y muchos iraníes quieren disfrutar de la paz y la prosperidad junto con sus vecinos. Sin embargo, mientras restringe los derechos de su propio pueblo, el gobierno iraní continúa dando apoyo a un dictador en Damasco y apoyando grupos terroristas en el exterior. Una y otra vez, ha perdido la oportunidad de demostrar que su programa nuclear es pacífico y de cumplir con sus obligaciones con las Naciones Unidas.

Que quede claro: Estados Unidos quiere resolver este asunto por medio de la diplomacia, y consideramos que todavía hay tiempo y espacio para hacerlo, pero el tiempo no es ilimitado. Respetamos el derecho de los países a tener acceso a la energía nuclear para usos pacíficos, pero uno de los propósitos de las Naciones Unidas es velar por que ese poder nuclear se utilice para la paz. Pero no se equivoquen, un Irán con armas nucleares no es un desafío que pueda contenerse. Amenazaría la eliminación de Israel, la seguridad de los países del Golfo [Pérsico] y la estabilidad de la economía mundial. Plantea el riesgo de desencadenar una carrera armamentística nuclear en la región y deshacer el Tratado de No Proliferación. Por ese motivo, una coalición de países está pidiendo cuentas al gobierno iraní. Y por eso Estados Unidos hará lo que tenga que hacer para evitar que Irán obtenga un arma nuclear.

Sabemos, debido a experiencias dolorosas, que el camino hacia la seguridad y la prosperidad no está fuera de los límites del derecho internacional y el respeto a los derechos humanos. Esa es la razón por la que esta institución fue establecida a partir de los escombros del conflicto; esa es la razón por la que la libertad triunfó sobre la tiranía en la Guerra Fría; y esa también es la lección de las últimas dos décadas.

La Historia muestra que la paz y el progreso les llega a aquellos que toman las decisiones correctas. Países en todo el mundo han recorrido ese difícil camino. Europa, el campo de batalla más sangriento del siglo XX, está unida, libre y en paz. Desde Brasil a Sudáfrica, desde Turquía a Corea del Sur, desde la India hasta Indonesia, personas de distintas razas, religiones y tradiciones han levantado a millones de la pobreza, y al mismo tiempo han respetado los derechos de sus ciudadanos y cumplido sus responsabilidades como países.

Debido al progreso del que he sido testigo en mi propia existencia, al progreso que he observado durante casi cuatro años como presidente, sigo teniendo esperanza respecto al mundo en el que vivimos. La guerra en Iraq ha terminado y las tropas estadounidenses han regresado a casa. Hemos comenzado una transición en Afganistán y Estados Unidos y nuestros aliados concluiremos la guerra según lo programado en 2014. Al Qaeda está debilitada y ya no existe Osama bin Laden. Los países se han agrupado para almacenar bajo llave los materiales nucleares, y Estados Unidos y Rusia estamos reduciendo nuestros arsenales. Hemos visto que se han tomado decisiones difíciles, desde Naipyidó, pasando por El Cairo hasta Abiyán, para poner más poder en manos de los ciudadanos.

En tiempos de dificultades económicas, el mundo ha sumado fuerzas para extender la prosperidad. Por medio del G20, nos hemos asociado con países emergentes para mantener al mundo en la vía de la recuperación. Estados Unidos ha intentado lograr una agenda de desarrollo que impulse el crecimiento y elimine la dependencia, y hemos colaborado con dirigentes africanos para ayudarles a alimentar a sus países. Se han forjado nuevas alianzas para combatir la corrupción y fomentar la apertura y transparencia de los gobiernos, y se han realizado nuevos compromisos por medio de la Alianza para un Futuro Igualitario para asegurar que las mujeres y las niñas puedan participar plenamente en la política y de las oportunidades. Más tarde hoy hablaré de nuestros esfuerzos para combatir la lacra de la trata de personas.

Todas estas cosas me infunden esperanza, pero lo que más esperanza me ofrece no son nuestras acciones, ni las acciones de nuestros líderes, sino las personas que he visto. Los soldados estadounidenses que han arriesgado su vida y sacrificado sus miembros por un extraño que se encuentra al otro lado del mundo; los estudiantes en Yakarta o Seúl que están deseando utilizar sus conocimientos en beneficio de la humanidad; las caras en una plaza en Praga o en un parlamento en Ghana que observan cómo la democracia otorga voz a sus aspiraciones; los jóvenes de las favelas de Río y las escuelas de Mumbai cuyos ojos reflejan una promesa. Estos hombres, mujeres y niños, de todas las razas y todos los credos, me recuerdan que por cada grupo de exaltados que aparece en la televisión hay miles de millones en el mundo que comparten esperanzas y sueños similares; y estos nos dicen que la humanidad tiene un corazón y un latido comunes.

Así que nuestro mundo presta mucha atención a lo que nos divide, eso es lo que vemos en las noticias, es lo que consume nuestros debates políticos, pero cuando uno lo desgrana hasta el final, la gente en todas partes lo que quiere es la libertad para determinar su destino, la dignidad que emana del trabajo, el consuelo que acompaña a la fe, y la justicia que existe cuando los gobiernos sirven a sus pueblos, y no al contrario.

Los Estados Unidos de América siempre defenderán estas aspiraciones, para nuestro propio pueblo y para los pueblos de todo el mundo. Ese fue el propósito de nuestra fundación. Eso es lo que muestra nuestra historia. Es aquello por lo que durante toda su vida trabajó Chris Stevens.

Les prometo una cosa: Mucho después de que los asesinos comparezcan ante la justicia, el legado de Chris Stevens permanecerá en las vidas de aquellos a los que marcó, en las decenas de miles que marcharon contra la violencia en las calles de Bengasi, en los libios que cambiaron su foto de Facebook por una de Chris; en los carteles que simplemente decían: “Chris Stevens era amigo de todos los libios”.

Ellos deben infundirnos esperanza, nos deben recordar que mientras trabajemos por ello, se hará justicia, que la historia está de nuestro lado, y que no habrá marcha atrás en la creciente oleada de libertad.

Muchísimas gracias. (Aplausos.)

FIN               

 

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