THE WHITE HOUSE
Oficina del Secretario de Prensa
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Para publicación inmediata                    
18 de abril, 2013
 

COMENTARIOS DEL PRESIDENTE DURANTE EL SERVICIO DE ORACIÓN INTERRELIGIOSA

Catedral de La Sagrada Cruz
Boston, Massachusetts

12:04 P.M. EDT

EL PRESIDENTE: ¡Hola a Boston!

Las Sagradas Escrituras nos dicen que “corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante”. Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.

El lunes por la mañana, el sol salió en Boston. La luz del sol brillaba sobre la cúpula del Capitolio Estatal. En el parque Boston Common y el Jardín Público, la primavera estaba floreciente. En este Día de los Patriotas, como tantos otros antes de este, los fanáticos viajaron en el metro “T” para ir a ver al equipo de los Sox en el estadio Fenway.  En Hopkinton, los corredores se ataron los cordones de sus zapatos y emprendieron la prueba de 26.2 millas de dedicación y tenacidad y espíritu humano. Y en toda esta ciudad, cientos de miles de habitantes de Boston llenaron las calles, con el fin de ofrecerles vasos de agua a los corredores y vitorearlos en su carrera.

Era un día hermoso para estar en Boston; un día que explica por qué un poeta escribió una vez que este pueblo no es solo una capital, ni solo un lugar. Este dijo que Boston “es el estado perfecto de gracia”. (Aplausos.)

Y entonces, en un instante, la belleza del día se destrozó. Una celebración se convirtió en tragedia. Y por eso nos reunimos a orar, y a lamentar, y a medir nuestra pérdida. Pero también nos reunimos aquí hoy para recuperar ese estado de gracia; para reafirmar que el espíritu de esta ciudad continúa estoico, y el espíritu de este país habrá de permanecer refulgente.

Al Gobernador Patrick; al Alcalde Menino; al Cardenal O’Malley y a todos los líderes religiosos que están aquí; los Gobernadores Romney, Swift, Weld y Dukakis; los miembros del Congreso; y, por sobre todo, el pueblo de Boston y las familias que han perdido un pedazo de su corazón. Les agradecemos su liderazgo. Les agradecemos su valor. Les agradecemos su gracia.

Estoy aquí hoy en nombre del pueblo americano, con un mensaje sencillo: Cada uno de nosotros hemos sido afectados por este ataque a su amada ciudad. Cada uno de nosotros estamos con ustedes.

Porque, después de todo, también esta es nuestra amada ciudad. Boston puede que sea la ciudad natal de ustedes, pero nos pertenece también a nosotros. Esta es una de las ciudades emblemáticas de los Estados Unidos. Es una de las magníficas ciudades del mundo. Y uno de los motivos por los que el mundo conoce tan bien a Boston es que Boston le abre su corazón al mundo.

Durante sucesivas generaciones, ustedes han recibido una y otra vez con los brazos abiertos a los recién llegados a nuestras costas; a los inmigrantes que constantemente revitalizaron a esta ciudad y a esta mancomunidad y a nuestra nación. Cada otoño, ustedes reciben con gusto a estudiantes de alrededor de los Estados Unidos y de alrededor del mundo, y cada primavera los gradúan para su regreso al mundo; una diáspora de Boston que resalta en todos los campos de la actividad humana. Año tras año, ustedes reciben con gusto a los mejores talentos en las artes y la ciencia, las investigaciones; ustedes los reciben en sus salas de concierto y en sus hospitales y en sus laboratorios para intercambiar ideas y percepciones que reúnen a los talentos del mundo en un mismo lugar. 

Y cada tercer lunes de abril, ustedes reciben a gente de todas partes del mundo al “Hub” para disfrutar de la amistad y el compañerismo y de una competencia sana; una congregación de hombres y mujeres de todas las razas y todas las religiones, de todo tipo y todo tamaño; una multitud representada por todas esas banderas que volaban sobre la meta de la carrera.

De manera que si la gente vino aquí a Boston solo por un día, o se queda aquí por años, ellos se van con un pedazo de este pueblo incrustado firmemente en sus corazones. Así es que Boston es la ciudad natal de ustedes, pero también nos pertenece un poquito a nosotros. (Aplausos.)

Yo lo sé porque yo tengo un pedazo de Boston dentro de mí. Ustedes me recibieron bien cuando yo era un joven estudiante de derecho al otro lado del río; y también recibieron bien a Michelle. (Aplausos.) Ustedes me recibieron bien durante una convención cuando yo era todavía un senador estatal y muy poca gente podía pronunciar correctamente mi nombre. (Risas.)

Al igual que ustedes, Michelle y yo hemos caminado por estas calles. Al igual que ustedes, nosotros conocemos estos barrios. Y, al igual que ustedes, en este momento de dolor, nos unimos a ustedes para decir: “Boston, eres mi casa”. Para millones de nosotros, lo que sucedió el lunes es algo personal. Es algo personal.

En el día de hoy nuestras oraciones están con la familia Campbell de Medford. Ellos están aquí hoy. Su hija, Krystle, siempre tenía una sonrisa en los labios. Los que la conocían han dicho que, con su pelo rojizo y sus pecas y su siempre ansiosa disposición a dar su opinión, era una joven muy bella, que a veces resultaba un poco escandalosa, y a quien todo el mundo admiraba por su forma de ser. Ella hubiera cumplido 30 años el mes que viene. Como dijo su madre entre sollozos, “Esto no tiene sentido alguno”.

Nuestras oraciones están con la familia Lu de China, que envió a su hija, Lingzi, a la Universidad de Boston para que ella pudiera experimentar todo lo que ofrece esta ciudad. Ella era una estudiante de 23 años de edad, lejos de casa. Y en el inmenso dolor de su familia y de sus amistades a ambos lados de un inmenso océano, se nos hace presente la humanidad que todos compartimos.

Nuestras oraciones están con la familia Richard de Dorchester; por Denise y su pequeña hija, Jane, en su lucha por recuperarse. Y nuestros corazones están destrozados por Martin, de 8 años de edad, con su inmensa sonrisa y sus ojos luminosos. Sus últimas horas fueron tan perfectas como lo que podría esperar un niño de 8 años; con su familia, tomando helado en un evento deportivo. Y quedamos con dos imágenes perdurables de este niño pequeño; sonriendo para siempre por sus Bruins, y expresando para siempre un deseo que plasmó en un afiche de color azul: “Que no se haga más daño a la gente. Paz”.

Que no se haga más daño a la gente. Paz.

Nuestras oraciones están con los lesionados; tantos heridos, algunos de ellos graves. Desde sus camas, es seguro que algunos nos están observando reunidos aquí hoy. Y, si lo están, sepan lo siguiente: A medida que ustedes comienzan este largo camino de la recuperación, su ciudad está con ustedes. Su mancomunidad está con ustedes. Su país está con ustedes. Todos estaremos con ustedes a medida que ustedes aprendan a ponerse de pie y a caminar y, efectivamente, a correr de nuevo. De eso no tengo la menor duda. Ustedes correrán de nuevo. (Aplausos.) Ustedes correrán de nuevo. (Aplausos.)

Puesto que de eso está hecha la gente de Boston. La determinación de ustedes es la mejor reprimenda a quien sea que haya cometido este abominable acto. Si ellos intentaban intimidarnos, aterrorizarnos, desprendernos de esos valores que describió Deval, los valores que nos hacen quienes somos, como estadounidenses; pues bien, ya debe haberles quedado sumamente claro que escogieron la ciudad errónea para hacerlo. (Aplausos.) No aquí en Boston. No aquí en Boston. (Aplausos.)

Boston, ustedes nos han demostrado que, ante la maldad, los estadounidenses resaltan lo que es bueno. Ante la crueldad, preferimos la compasión. Ante aquellos que les impongan la muerte a los inocentes, preferimos salvar y consolar y sanar. Preferimos la amistad. Preferimos el amor.

Las Sagradas Escrituras nos enseñan que, “Dios no nos ha dado un espíritu de temor y timidez, sino de poder, amor y autodisciplina”. Y ese es el espíritu que ustedes han demostrado en estos últimos días.

Cuando los médicos y enfermeros, los policías y bomberos y los paramédicos y guardias corren hacia las explosiones para atender a los heridos, eso es disciplina.

Cuando los corredores exhaustos, incluyendo a nuestras tropas y veteranos, quienes jamás esperaban presenciar semejante matanza en las calles a su regreso a casa, se convierten ellos mismos en personal de primera intervención, eso es verdadero poder.

Cuando la gente de Boston carga a las víctimas en sus brazos, les entrega agua y colchas, se coloca en fila para donar sangre, abre sus casas a gente totalmente desconocida, le ofrece llevarla en su auto para reunirse con su familia, eso es amor.

Ese es el mensaje que les transmitimos a aquellos que llevaron a cabo esto y todo el que pueda hacerle daño a nuestra gente. Efectivamente, los vamos a encontrar. Y, efectivamente, ustedes tendrán que encarar a la justicia. (Aplausos.) Los vamos a encontrar. Los haremos rendir cuentas. Pero, más que eso; nuestra fidelidad con nuestra manera de vida, con nuestra sociedad libre y abierta, solo se hará cada vez más fuerte. Porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor y timidez, sino de poder, amor y autodisciplina.

Como Bill Iffrig, de 78 años de edad; el corredor con la camisa naranja que todos vimos desplomarse con la explosión; es posible que nos desplomemos momentáneamente al suelo, pero nos volvemos a poner de pie. Seguiremos adelante. Completaremos la carrera. (Aplausos.) Como lo expresó Dick Hoyt, quien ha empujado a su hijo discapacitado, Rick, en 31 maratones en Boston, “No podemos permitir que algo como esto nos detenga”. (Aplausos.) Esto no nos detiene. (Aplausos.)

Y eso es lo que ustedes nos han enseñado, Boston. Eso es lo que ustedes nos han recordado; seguir empujando. Perseverar. No desanimarnos. No acobardarnos. Incluso cuando duela. Incluso cuando nos duelan nuestros corazones. Nos armamos de una fortaleza que tal vez ni sabíamos que teníamos, y seguimos adelante. Completamos la carrera. (Aplausos.) Completamos la carrera. (Aplausos.)

Y lo hacemos debido a quiénes somos. Y lo hacemos porque sabemos que en algún lugar al doblar la esquina un desconocido nos ofrece un vaso de agua. Al doblar la esquina, hay alguien que nos levanta el espíritu. En esa milla más difícil, justamente cuando pensamos que nos hemos topado con un muro, alguien estará allí para alentarnos y ponernos de pie si nos caemos. Lo sabemos. (Aplausos.)

Y eso es lo que los responsables de semejantes actos insensatos de violencia, esos minúsculos individuos atrofiados que prefieren destruir en lugar de construir, y creen que de alguna manera eso los hace importantes, eso es lo que ellos no entienden. Nuestra fe los unos en los otros, nuestro amor de los unos por los otros, nuestro amor por nuestro país, nuestro credo común que deshace cualesquiera diferencias superficiales que pueda haber, ese es nuestro poder. Esa es nuestra fortaleza.

Por eso es que una bomba no puede vencernos. Por eso es que no nos arrinconamos. Por eso es que no retrocedemos con miedo. Seguimos adelante. Corremos. Nos esforzamos. Construimos, y trabajamos, y amamos, y criamos a nuestros hijos para que hagan lo mismo. Y nos reunimos para celebrar la vida, y para caminar por nuestras ciudades, y para vitorear a nuestros equipos. Cuando los Sox y los Celtics y los Patriots o los Bruins sean campeones nuevamente, para gran decepción de los fanáticos de Nueva York y de Chicago (risas), las multitudes se reunirán y observarán un desfile por la calle Boylston. (Aplausos.)

Y en esta época el año que viene, el tercer lunes de abril, el mundo regresará a esta gran ciudad americana para correr más que nunca, y para vitorear hasta más fuerte al maratón número 118 de Boston. (Aplausos.) Lo apuesto. (Aplausos.)

Mañana, el sol saldrá para Boston. Mañana, el sol saldrá para este país que amamos. Este lugar tan especial. Este estado de gracia.

Las Sagradas Escrituras nos dicen que “corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante”. A medida que lo hagamos, que Dios tenga en su seno a aquellos que nos fueron arrebatados demasiado pronto. Que Él consuele a sus familias. Y que Él continúe protegiendo a estos Estados Unidos de América. (Aplausos.)

FIN              

12:24 P.M. EDT

 

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