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Declaraciones de la Primera Dama ante Foro Juvenil

Universidad Iberoamericana
Ciudad de México, México
2:19 P.M. (Local)

SRA. OBAMA: Gracias. Gracias. (Aplausos.) Buenas tardes y muchas gracias. Gracias a usted, Jaime, por su muy amable presentación. Es a la vez un placer y un honor estar en este hermoso país, en esta gran universidad, ante tantos jóvenes sobresalientes de todo México.

Para comenzar, doy las gracias a la señora Margarita Zavala, su Primera Dama, por la gran amabilidad que ha tenido conmigo y con mi familia. Ella es inteligente. Ella es fuerte. Ella es apasionada. Y ella es mi amiga. Lo hemos pasado muy bien juntas, tanto acá en México como durante sus visitas a los Estados Unidos, y anticipo darle la bienvenida a Washington, a ella y a su esposo, el presidente Calderón, en la oportunidad de la cena de estado que tendrá lugar el mes que viene. Y le dije que se prepare para divertirse. (Risas.)

También quiero reconocer la presencia del Embajador de los Estados Unidos en México, el Embajador Pascual. Y quiero agradecerle al Rector de esta institución, el Dr. José Morales Orozco, por su liderazgo y por recibirme hoy. Por último, también doy las gracias al pueblo entero de México por el calor increíble y la hospitalidad con que me ha recibido durante esta visita. Desde el momento de mi llegada, me he sentido entre amigos --(risas) -- lo que es natural dada la amistad estrecha y duradera que une a nuestras dos naciones.

En México residen más ciudadanos de los Estados Unidos que en cualquier otra parte del mundo, y son decenas de millones los estadounidenses que tienen sus raíces en este país.

Durante muchas generaciones, México y los Estados Unidos han estado ligados no sólo por la frontera común sino también por los valores y las aspiraciones que compartimos: la dedicación a la familia y a la fe; la disposición al trabajo intenso y al sacrificio por los hijos; el compromiso con la democracia, que está arraigado en las luchas por la independencia que han definido a nuestras naciones.

Por lo tanto, cuando llegó el momento de decidir mi primer viaje internacional sola en calidad de Primera Dama, la selección no tenía duda: México, por supuesto. (Aplausos.)

Y hay una razón por la que quería venir a la Ibero para hablar con todos ustedes. Es la misma razón por la cual, cuando mi esposo viaja al exterior y habla de los desafíos a los que nos enfrentamos, del extremismo a las armas nucleares, de la pobreza y el hambre al cambio climático y las pandemias, no sólo habla con los presidentes y primeros ministros. No sólo visita palacios y parlamentos. Va también a las escuelas y universidades, donde se reúne con gente como todos ustedes.

Esto no es un accidente.  Hoy día presenciamos lo que se está llegando a conocer como la expansión de la juventud, el crecimiento explosivo de la población joven de muchas naciones de todo el mundo. Acá en México, casi la mitad de la población tiene menos de 25 años de edad.  En el Cercano Oriente, esa proporción es del sesenta por ciento. Y sólo la población joven que está entre los 15 y los 24 forma el veinte por ciento de los habitantes del mundo, por lo que constituye el mayor grupo de la historia que se encuentra en la transición a la edad adulta.

Estamos ante el hecho de que la responsabilidad de confrontar los desafíos característicos de nuestro tiempo pronto recaerá sobre todos ustedes. Muy pronto, el mundo esperará de su generación que haga los descubrimientos y establezca las industrias que impulsarán nuestra prosperidad y asegurarán nuestro bienestar durante decenios.

Esperaremos de su generación que aproveche la energía limpia para propulsar nuestras economías y conservar el planeta para sus hijos y sus nietos.

Esperaremos de su generación que encuentre el valor y la paciencia para resolver los conflictos y cerrar las separaciones que afligen a nuestro mundo.

Y estoy aquí hoy porque creo que todos ustedes, y sus iguales de todo el mundo, están mejor preparados que nunca para superar esos desafíos. Más que cualquier otra generación, todos ustedes son capaces de acceder a la información y de relacionarse entre sí de maneras que mi generación no habría podido imaginar. Con oprimir un botón, pueden intercambiar pensamientos sobre cualquier materia con prácticamente cualquiera en casi cualquier parte del mundo. Tienen una capacidad sin precedentes para organizarse y movilizarse para retar conceptos anticuados, cerrar viejas brechas, y hallar soluciones nuevas a las mayores dificultades.

Y es debido a esa inmensa promesa que me propongo dedicar mi trabajo internacional como primera dama a tratar con los jóvenes como ustedes en todo el mundo.

Mi esposo y yo sabemos que para superar los obstáculos que confrontamos dependerá de si podemos aprovechar las dotes que Dios les ha dado; de eso dependerá de que nos beneficiemos de la industria, de la energía, de las perspectivas de los jóvenes de todas las procedencias y de todas las naciones. Sabemos que la ambición y la habilidad se hallan en todo rincón del planeta.  La cuestión es ésta: ¿Cómo conseguir que esté también la oportunidad?

Bueno, mi esposo y el presidente Calderón se esfuerzan muchísimo en reconstruir nuestros sistemas educativos y en revivir nuestras economías y en generar oportunidades para las juventudes de nuestras dos naciones. Pero los dirigentes y los gobiernos no pueden desempeñar ellos solos esa responsabilidad. Los ciudadanos corrientes deben compartirla también, y eso incluye también a los propios jóvenes.

No basta con cambiar las leyes y las políticas.  Es cuestión de cambiar nuestra opinión acerca de quién puede tener éxito y quién no. Hay que oponerse a las ideas y los supuestos equivocados y anticuados de que los jóvenes de ciertas procedencias no merecen que se los eduque, que las niñas no son tan capaces como los niños, que ciertos jóvenes merecen menos las oportunidades por su religión o discapacidad o raza o clase socioeconómica. Porque hemos visto una y otra vez que ese potencial se encuentra en los lugares más imprevistos.

Mi esposo y yo somos pruebas vivientes de lo que acabo de decir. Los dos venimos de antecedentes modestos.  Nuestras familias no eran ricas.  Mis padres nunca asistieron a la universidad. Mi esposo nunca llegó a conocer de verdad a su padre, y lo crió su madre, sola y con dificultades económicas.

Como muchos niños como nosotros, confrontamos numerosas dificultades: la rémora de las pocas expectativas, las dudas constantes acerca de si podíamos salir adelante, e incluso de si los merecíamos. Ya ven, cuando éramos jóvenes, nadie pudiera haber predicho que un día llegaríamos a ser el Presidente y la Primera Dama de los Estados Unidos de América.

Pero tuvimos suerte y aun más importante, fuimos bendecidos. Nuestras familias creían en nosotros, y nuestros maestros nos obligaban a superarnos, y las universidades vieron nuestras posibilidades y nos dieron oportunidades. Y trabajamos todo lo que pudimos. Aprendimos todo lo que pudimos. Y en consecuencia, estuvimos preparados y posicionados para ir en pos de nuestros sueños.

Y lo que nos sucedió no ha sido una excepción aislada. Eso es lo que les ha sucedido a incontables jóvenes de México, de los Estados Unidos y de todo el mundo que se han esforzado de veras y han superado grandes barreras. A lo largo de la historia ha habido jóvenes cuyo éxito no se ha debido a la herencia o a la genealogía o a los resultados de pruebas escolares, sino a los obstáculos que los pusieron a prueba y los motivaron, y porque alguien en alguna parte creía en ellos y los ayudó a creer en sí mismos.

Cuando quedó huérfano muy joven y buscó trabajo de sirviente, nadie hubiera imaginado que un día Benito Juárez se convertiría en uno de los más grandes presidentes de México. Pero gracias a un fraile franciscano que le ayudó a ingresar a un seminario y comenzar su educación, logró desarrollar todo su potencial.

Uno de los más grandes presidentes de mi país, Abraham Lincoln, nació en una cabaña en el bosque, hecha de troncos de árbol y que consistía en una sola pieza.  Pero tuvo la suerte de tener un maestro que le enseñó a escribir y a argüir.

Y está el ejemplo de Juana de Arco, hija de un campesino; trató de convencer a todo el que la escuchaba que ella salvaría de la derrota al ejército de Francia.  Y cuando hubo un príncipe que creyó en ella, hizo exactamente lo que había dicho que haría.

Ya ven, tantas veces en la historia del mundo han sido el héroe inesperado, la perspectiva insólita, el viaje improbable los que nos han mostrado el camino del progreso. Así es que cuando descartamos a cualquiera de nuestros jóvenes, cuando no aprovechamos su capacidad, debemos pensar en lo que tal vez estemos perdiendo. Piensen en los inventos y las curas que nunca se descubren, en las grandes obras artísticas y literarias que nunca aparecen, en los grandes actos de valor y gobierno que nunca iluminan este mundo.

Mas no se trata de descubrir a esos pocos seres extraordinarios que cambiarán el curso de la historia. Se trata también de derribar las barreras en todo el mundo para que todos nuestros jóvenes consigan aprender y trabajar y convertirse en elementos productivos de nuestras sociedades. Se trata asimismo de juntar las perspectivas y experiencias de los jóvenes de todas las procedencias, en busca de las ideas nuevas que harán más productivos nuestros negocios, más vivas nuestras culturas, y más abiertos y libres nuestros gobiernos.

Pero para lograr esto, para crear oportunidades para más jóvenes, se trata de que todos ustedes que ya tienen su sitio a la mesa hagan su parte para que puedan sentarse los que todavía no pueden hacerlo. Es cuestión de que los jóvenes de todo el mundo se esfuercen para dar a los otros la oportunidad de que no se malgaste su talento y de que se escuche lo que tienen que decir.

Comprendo que en estos tiempos económicamente difíciles en México, en los Estados Unidos y en todo el mundo, muchas personas están luchando y nada está garantizado. Y hasta jóvenes como ustedes que tienen el privilegio de asistir a una universidad como esta tal vez estén inquietos acerca de sus futuros.

Algunos de ustedes quizás estén inquietos por no saber si podrán ejercer una profesión propia. Y puede tentarles la idea de fijarse sólo en sus propios éxitos, recibir el diploma, encontrar el mejor empleo que puedan y nunca volver a mirar hacia atrás.
Pero antes de eso, espero que piensen por un momento en la misión declarada de esta universidad, que consiste en preparar a los estudiantes a “que se comprometan en el servicio a los demás; y desarrollar y difundir el conocimiento para el logro de una sociedad libre, justa, solidaria y productiva”.
Espero que piensen en esas palabras de la Biblia: “A quien se le ha dado mucho, se le exigirá mucho”. Y espero que piensen en los que han hecho historia atendiendo a esas palabras.

Imagínense que Mahatma Ghandi hubiera vivido cómodamente de su profesión de abogado en lugar de encabezar la lucha por los derechos de sus compatriotas y por la independencia de su nación, la labor que ya había comenzado antes de cumplir los treinta. Imagínense que Nelson Mandela hubiera preferido una vida descansada como hijo del jefe de una tribu en lugar de afiliarse al Congreso Nacional Africano a la edad de 24 años y tener que soportar decenios de encarcelamiento para acabar con el apartheid. Imagínense que la Madre Teresa no hubiera hecho caso de su vocación y no se hubiera aventurado a salir por las calles de Calcuta para atender a los desesperados.

Bueno, no quiero decir con esos ejemplos que tienen que hacer voto de pobreza o encabezar un movimiento. Pero lo que sí les pido es que hagan algo, bien en su carrera o como voluntarios, para asegurarse de que otros jóvenes disfruten de las oportunidades que merecen. Eso es lo que muchos como ustedes hacen en todo el mundo y acá mismo en México.

Alberto Salvador, de Guanajuato, nació sordo y al principio le negaron la enseñanza elemental por esa discapacidad. Pero terminó la secundaria con notas sobresalientes, obtuvo un grado en los Estados Unidos, y volvió a México para servir de tutor de niños sordos y en breve comenzará un empleo como maestro.

Y la historia de Mariana Vázquez del Mercado, que está concluyendo los estudios de derecho en la Universidad Panamericana, ha pasado horas de voluntaria en un servicio jurídico gratuito y dirigiendo una asociación que construye viviendas para familias necesitadas. De su trabajo dice que, y esto es textualmente lo que dijo: “El objetivo es demostrar que a pesar de ser jóvenes somos lo suficientemente responsables y conscientes”.

Alberto Irezábal, que se graduó el año pasado de la Ibero, utilizó su proyecto de servicio para ayudar a una comunidad indígena de Chiapas a producir y vender mejor el café que cultivan en sus tierras. De su labor dice, y esto también es textualmente lo que dijo: “Creo que tenemos la responsabilidad de sacar adelante nuestros proyectos, no sólo por nosotros, sino por nuestro país”.

Todos estos jóvenes se esfuerzan por derribar obstáculos y abrir puertas.  Cada uno de ellos da a otros la oportunidad de triunfar. Pero debe estar claro que en este momento no hablo solamente a los estudiantes universitarios. También me dirijo a los jóvenes de México, de los Estados Unidos, y de todo el mundo que sienten que no hay lugar para ellos en universidades como ésta.

Y he conocido a muchos jóvenes en tantos sitios que tienen tanto que ofrecer pero que, por su lugar de nacimiento o por la familia en que nacieron o por las circunstancias de su vida, comienzan a dudar de sí mismos. Empiezan a sentir que no pertenecen o que no están preparados o que no están a la altura y que por lo tanto, no deberían ni intentarlo.

Si bien tuve la suerte de tener tantas oportunidades en mi propia vida, ciertamente comprendo esos sentimientos. Cuando asistí a la universidad por primera vez, dudaba muchísimo de mí misma. Estaba convencida de que los demás eran mucho más inteligentes que yo, y que yo no encajaba en aquel ambiente. Pero pronto me di cuenta de que era tan capaz como los otros estudiantes y que podía contribuir tanto como ellos. Para que eso ocurriera, sólo necesitaba tener un poco de confianza en mi capacidad.

Ahora, es verdad, es la verdad, que algunos de ustedes tendrán que trabajar con mucha más intensidad para llegar a donde quieran. Podrán encontrar más obstáculos, más reveses. Pero quiero que sepan que pertenecen a un lugar como éste tanto como cualquiera de los otros. Tienen tanto que ofrecer como los demás. Solo tienen que creer en sí mismos. Si se niegan a darse por vencidos, no hay nada, nada, que no puedan alcanzar.

Y espero que todos ustedes, todos aquí, cuando se encuentren en dificultades, cuando comiencen a desanimarse -- y les garantizo que sucederá -- espero que piensen en los jóvenes como ustedes en todo el mundo que se han esforzado duramente en los laboratorios y las bibliotecas, en las fábricas y los campos, que han marchado y luchado y sangrado para hacer de este mundo nuestro un mundo mejor.

Espero que piensen en los jóvenes de hace dos siglos que arriesgaron cuanto poseían por la independencia de México. Espero que piensen en los jóvenes de los Estados Unidos que lucharon para asegurar que los ciudadanos, sin importar el género ni el color de la piel, tuvieran el trato igual de la ley. Ustedes y yo estamos aquí gracias a ellos.

Y por último, espero que piensen en jóvenes como Sonia Kim, a quien conocí ayer cuando visitaba Haití. Sonia trabaja en la embajada de los Estados Unidos en Puerto Príncipe.  Y como tanta otra gente que está en Haití ha trabajado casi sin descanso en las labores de socorro que el terremoto ha ocasionado.

Les leeré ahora un correo electrónico que me envió. Este correo electrónico inspiró mi viaje aquí. Ha inspirado mi viaje aquí. Dice así: “Estamos exhaustos, traumatizados, desconsolados.  Pero hemos preferido quedarnos y trabajar. Hemos preferido quedarnos porque amamos Haití y a su gente. Hemos preferido quedarnos porque creemos que nuestro deber es ayudar al pueblo aquí cuando más lo necesita. Hemos preferido quedarnos porque creemos en nuestra misión. Hemos preferido quedarnos porque todavía tenemos la esperanza de que se recupere y renueve, y que el Haití que se reconstruya sea mejor que el de antes”.

Confío en que cada uno de ustedes y de los jóvenes de todo el mundo haga suya esa labor: la de ayudar a los necesitados, la de levantar unas naciones más fuertes y un mundo mejor. Porque si hemos de confrontar los desafíos de nuestro tiempo, si hemos de hacer que nuestro mundo sea más seguro, más sano, más próspero y más libre, nos hará falta la pasión, la osadía y la creatividad de todos y cada uno de ustedes.

Necesitaremos que cada uno trabaje tan intensamente como pueda, hagan todo lo que puedan, impulsados por esa creencia que siempre ha sido el compendio del espíritu de nuestra juventud: tres palabras simples: Sí, se puede.  Sí, se puede.  Sí se puede. Gracias y que Dios les bendiga. (Aplausos.)

                                          END                        2:39 P.M. (Local)